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Luis de los Cobos y su obra homenajeados en Valladolid

Entrevista concedida por el compositor a El Diario de Valladolid El Mundo, el viernes 11 de diciembre de 2010.

Luis de los Cobos Almaraz, nacido en abril de 1927, vallisoletano de la calle Núñez de Arce, su padre fue asesinado en 1936, huérfano a los once años, músico y abogado. Ciudadano del mundo, en Roma, Salzburgo, París, Viena, o Ginebra, en donde fija su residencia, lo que le permite contactar con grandes artistas como Shostakovich o Ansermet. Hoy tendrá lugar la presentación de un libro sobre su vida y su obra editado por el Ayuntamiento, luego el nombramiento como embajador Decano de Valladolid y después, en el Auditorio vallisoletano, el concierto con la Sinfónica de Castilla y León dirigida por José Luis Temes, en donde se escucharán sus obras “Jungla”, “Agonía recurrente” y la “Sinfonía Cursus Vitae”.

Pregunta.- ¿Cómo vive sus retornos a su ciudad natal y qué recuerdos le producen?

Respuesta.- Mis retornos no son continuados y siempre que he venido ha sido por un propósito concreto, a hacer algo que me acapara la atención, pues digamos que si no sería mucho más difícil volver, pues los recuerdos es mejor dejarlos. Al venir por la famosa Huerta del Rey me he dado cuenta que ya no es huerta, que pensando en mi época todo está sepultado de ladrillos, como mis recuerdos, así que evito recordar en la medida de lo posible. Nada de novela sentimental.

P.- ¿Podría contarnos algo sobre el devenir de las obras suyas, que se van a interpretar hoy?

R.- Lo fundamental es que yo quería hacer una sinfonía como un arquitecto una catedral, y que coincidió con la espera del nacimiento de mi primer hijo, que fue dificultoso, con la posibilidad de que una nueva vida podía no llegar, lo que me daba lugar a montones de reflexiones. La “Sinfonía Cursus vitae” me obligaba a un trabajo de selección, de creación de una estructura objetiva, algo que me costó mucho. De ella tengo un recuerdo grato y triste a la vez, pues está ligada a la desaparición de Ataulfo Argenta. Cuando él vino a Suiza yo había terminado la obra, se la enseñé, y me citó en Ginebra, en el descanso de su concierto. Llegó el día y me dijo que la obra le parecía excelente y que la iba a hacer en otoño. Me preguntó por la simultaneidad del canto gregoriano y un vals y le expliqué que no era un capricho, pues fui al oficio de difuntos de un compañero que se había muerto y fuera había un tipo tocando con un acordeón un vals y cada vez que se abría la puerta se escuchaban ambas músicas. Esto me produjo una impresión enorme, de dialéctica entre la vida y la muerte; y lo mismo me pasó con el segundo movimiento, donde Argenta detectó una meditación de la cuerda muy bella y un boggie-woogie, y era el mismo choque que lo anterior. Argenta murió en el verano y yo me comprometí a dedicarle mi obra. Me quedé hundido y su silencio duró más de treinta años, hasta que llegó la curiosidad del director José Luis Temes, que siempre ha entrado a saco en mi bodega, y la estrenó.

P.- ¿Y las otras dos obras?

R.- “Jungla” la escribí pensando en I Musici, pues el violinista Félix Ayo había sido compañero mío de estudio en Roma. Una obra escrita para grupo pequeño y clavecín que le gustó a Ayo, pero me dijo que era imposible que la estrenaran pues estaban con el corsé del barroco y no podían hacer otra cosa. Una vez más Temes me pidió una obra, y me dijo que lo único que no le gustaba era la inclusión del clave. La revisé, suprimiéndolo, lo que supuso confiar sus temas a otros instrumentos y aumentar la plantilla para gran orquesta de cuerda.
En cuanto a “Agonía recurrente” la escribí para gran orquesta y un buen día, otra vez Temes, me la pidió y le respondí que estaba tan desdeñada que sólo tenía el manuscrito. Se la di y la estrenó hace tres años en Salamanca. Es una obra para mí realmente recurrente, pues la grabamos allí y al pasar por el arco de seguridad del aeropuerto me la hicieron polvo. Y ahora estoy tratando de que se grabe hoy para no marcharme sin tenerla.

P.- ¿Cómo está viviendo este homenaje?

Con la preocupación de mi obra. Es un homenaje para mí muy grato, posiblemente inmerecido, pero lo interesante es que se tenga acceso a ella y el problema de la música es que después de la virtualidad del papel, -he hecho una edición completa de las 52 obras para mis nietos en papel Biblia-, no suena y los discos sí. Me gustaría, que por ejemplo, se dieran los discos con un periódico. Lo que pasa es que la sociedad de consumo prefiere seguir vendiendo Mozart, que dar a conocer a nuevos compositores, y se olvidan así las posibilidades de expresión del ser humano, que son infinitas.